¿Estamos perdiendo la capacidad —y el deseo— de leer libros?

marzo 1, 2026
En un reciente episodio del podcast de The Guardian, la escritora y académica de Oxford, Katherine Rundell, plantea una pregunta que atraviesa a toda la industria cultural: ¿estamos perdiendo la capacidad —y el deseo— de leer libros?
El diagnóstico no es nostálgico sino estructural. Rundell describe una “crisis de atención” que afecta tanto a niños como a adultos, atravesada por la expansión de los smartphones, la fragmentación digital y el impacto de los modelos de lenguaje generativos en el ecosistema educativo. El problema no es que las nuevas generaciones sean menos capaces, sino que han crecido en un entorno que erosiona las condiciones necesarias para la lectura profunda.
Los datos que cita son elocuentes. En el Reino Unido, según estudios del National Literacy Trust, en las últimas dos décadas el porcentaje de niños que dicen disfrutar de la lectura cayó un 36%. A esto se suma un dato estructural: más de 800 bibliotecas públicas han cerrado en los últimos años, debilitando el acceso y la presencia cotidiana del libro en la vida comunitaria.
Rundell advierte que la lectura extensa —una novela clásica en una semana, por ejemplo— ha dejado de ser la norma incluso en entornos universitarios de élite. La irrupción de herramientas como ChatGPT, señala, ha alterado radicalmente la forma en que estudiantes se aproximan al conocimiento, planteando desafíos inéditos para la enseñanza y la evaluación académica.
¿Qué se pierde cuando se pierde la lectura?
El podcast desplaza rápidamente la discusión del hábito individual al impacto cultural. Leer ficción no es únicamente una práctica recreativa: es un entrenamiento cognitivo y emocional.
La lectura sostenida:
Fortalece la concentración profunda.
Expone a los lectores a estructuras narrativas complejas.
Desarrolla la capacidad de discernir matices, ironías y ambigüedades.
Amplía el repertorio simbólico y moral con el que interpretamos el mundo.
¿Estamos ante un cambio irreversible?
Una nota de opinión publicada en el blog de R. Hollick, reflexiona sobre el mismo podcast. Allí se plantea que quizá la pregunta no sea si dejaremos de leer, sino qué tipo de lectura sobrevivirá en un entorno dominado por la velocidad y la distracción.
La hipótesis es menos apocalíptica y más evolutiva: la lectura profunda puede volverse menos masiva, pero más consciente; menos automática, pero más elegida. Si la atención se convierte en un recurso escaso, el libro podría transformarse en un espacio deliberado de resistencia frente a la economía de la interrupción constante.
El desafío consiste en repensar cómo se construyen experiencias de lectura significativas en un entorno hostil a la concentración. La pregunta “¿volveremos a leer libros?” quizás esté mal formulada. Seguiremos leyendo palabras. Lo que está en disputa es si seguiremos leyendo libros como práctica de atención plena, imaginación compleja y encuentro humano. Y esa no es una cuestión tecnológica. Es cultural, política y editorial.





