Cuarenta años sin Juan Rulfo

enero 16, 2026

El de Juan Rulfo es un caso único. Nunca un escritor alcanzó semejantes alturas de leyenda con un solo libro. Pedro Páramo es la novela que a muchos grandes de la literatura, desde Borges a García Márquez, les hubiera gustado escribir.

De acuerdo con El Debate, se cumplen cuarenta años de la muerte del misterioso autor mexicano cuya única novela (escribió uno de los mejores libros de cuentos jamás publicados: El llano en llamas) es una cumbre absoluta de una influencia capital en la literatura. Es difícil encontrar elogios mayores, tan perfectos, de escritores a un escritor que rindió a todos con el poder milimétrico de su prosa.

En lo brevísimo de su obra, en su autoexigencia, supera al mismísimo Joyce, condensando en poco más de cien páginas (casi) todo lo que tenía que escribir, aunque nunca se sabrán las verdaderas razones por las que no escribió más. Como tampoco se saben las verdaderas circunstancias de su vida, incluso habiéndolas contado él mismo de viva voz.

García Márquez confesó que después de haber leído Pedro Páramo volvió a empezar Cien años de soledad bajo otra perspectiva. Para Borges era la obra perfecta en su brevedad y profundidad y estilo. Más o menos lo que han repetido decenas de grandes nombres a lo largo del tiempo.

Carlos Fuentes dijo que Rulfo y su Pedro Páramo cambiaron para siempre la narrativa en Hispanoamérica. Fue la mecha del boom latinoamericano, la envidia de la economía literaria, la modernidad, la ruptura de todos los cánones, el hallazgo, la universalidad desde el paisaje desértico mexicano, la luz en la oscuridad, la humanización de los muertos… su descripción casi parece una oración.

La precisión de su lenguaje es inigualable, fruto de permanecer la idea, según confesión del autor, veinte años en su pensamiento. Solo siete de ellos fueron de preescritura, los primeros esbozos físicos que llevaron más de un lustro hasta que en cinco meses febriles Rulfo puso sobre el papel el resultado de sus impresionantes cavilaciones.

Roberto Bolaño dijo que Pedro Páramo era un «libro sagrado». Toda la literatura está en él y al mismo tiempo no está, como dijo Juan Benet: obligó a leer de otra manera, lo cual es abrir una puerta secreta que nadie había visto y todos hubieran querido ver. La brevedad que es extensible y se convierte en eternidad: nunca se termina de leer Pedro Páramo porque siempre que se relee es otra novela sin solución.

Borges y Rulfo
Sirva la breve conversación del encuentro entre Borges y Rulfo (ambos murieron el mismo año: 1986) en 1973 para terminar de perfilar la grandeza de Pedro Páramo y su autor, y en este caso también del invitado:

Rulfo: Maestro, soy yo, Rulfo. Qué bueno que ya llegó. Usted sabe cómo lo estimamos y lo admiramos.

Borges: Finalmente, Rulfo. Ya no puedo ver un país, pero lo puedo escuchar. Y escucho tanta amabilidad. Ya había olvidado la verdadera dimensión de esta gran costumbre. Pero no me llame Borges y menos «maestro», dígame Jorge Luis.

Rulfo: ¡Qué amable! Usted dígame entonces Juan.

Borges: Le voy a ser sincero. Me gusta más Juan que Jorge Luis, con sus cuatro letras tan breves y tan definitivas. La brevedad ha sido siempre una de mis predilecciones.

Rulfo: No, eso sí que no. Juan cualquiera, pero Jorge Luis, sólo Borges.

Borges: Usted tan atento como siempre. Dígame, ¿cómo ha estado últimamente?

Rulfo: ¿Yo? Pues muriéndome, muriéndome por ahí.

Borges: Entonces no le ha ido tan mal.

Rulfo: ¿Cómo así?

Borges: Imagínese, don Juan, lo desdichado que seríamos si fuéramos inmortales.

Rulfo: Sí, verdad. Después anda uno por ahí muerto haciendo como si estuviera uno vivo.

Borges: Le voy a confiar un secreto. Mi abuelo, el general, decía que no se llamaba Borges, que su nombre verdadero era otro, secreto. Sospecho que se llamaba Pedro Páramo. Yo entonces soy una reedición de lo que usted escribió sobre los de Comala.

Rulfo: Así ya me puedo morir en serio.